Capítulo 1

¿Es posible calcular el momento exacto en el que tu mundo se va a desmoronar? ¿Y cuándo se va a reconstruir?
Hace unos días habría asegurado que es imposible, simple azar. Ahora me pregunto si el señor Wolfrey tenía razón cuando insistía en que es posible, y lo argumentaba con una sola palabra: destino. Decía que una persona que cree en él siempre está acompañada de la esperanza, y eso hace de la vida algo maravilloso. Desde su primer encuentro con Adaline supo que ella era su destino, y lo fue. Porque nunca perdió la esperanza de encontrarla.
—Lo supe cuando su mirada feroz se encontró con la mía, la de un niño de once años perdido en el pasillo de su nueva casa —explicaba Wolfrey—. Escuché un golpe seco, provenía de la habitación de mis padres. Entonces la vi.
»Era una noche como otra cualquiera. Caminaba por el oscuro pasillo con un candelabro como único compañero. He de admitir que la incertidumbre me provocó escalofríos, pero pensaba que todo era producto de mi imaginación y encontraría a mi padres reposando tranquilos en su cama. La verdad es que fue así, además del detalle de una sombra al pie de la cama.
Ese fue el primer encuentro entre el pequeño señor Wolfrey y Adaline Compton, una joven a la que habían ordenado dejar huérfano al amor de su vida.
—Empuñaba una daga enorme. —Decía mientras levantaba la mano simulando poseer la daga en su puño cerrado—. Quería gritar pero se me heló la sangre.
—¿Lo hizo? —interrumpí yo, siempre impaciente por descubrir más.
—Sí, al menos en parte. Clavó en puñal en el pecho de mi padre —decía con una sonrisa torcida, nostálgica—. Es curioso como la vida encuentra el modo de compensarte por lo que te arrebata.
—¿Pero cómo…?
Su positividad me asombraba. Y no la comprendí hasta el final.
—No debes juzgar a las personas antes de conocer su interior, los motivos de alguien pueden ser poderosos.
A continuación me aleccionaba con diferentes ejemplos a lo largo del tiempo, haciendo hincapié en que todos los acontecimientos tienen dualidad, una doble perspectiva que no siempre podemos ver.
—Hay acciones que jamás serán justificables.
—¿Qué es lo que hubieses hecho tú? —preguntaba cruzándose de brazos.
—Buscar venganza —arqueó una ceja.
—Esperé pacientemente siete años para nuestro segundo encuentro. Tenía claro cómo acabar con ella, la sed de venganza hizo que me entregara a fondo a mi causa. Acabó teniendo consecuencias catastróficas.

Capítulo 2

Todas las personas tienen una parte que no desean mostrar, aquella en la que habitan sus demonios. La primera vez que Wolfrey entró en Sunhill tenía la mirada perdida y el rostro demacrado, parecía provenir del mismísimo infierno. Sus demonios amenazaban con salir de su interior y apoderarse de toda su persona, salir a pasear. Él quería combatirlos en un lugar donde la muerte aguarda en cada esquina, donde tus demonios se apagan contigo.
No era como el Wolfrey que conocí. Llegué a la residencia cuando su luz empezaba a aflorar, alimentada por todas sus historias. Su oscuridad se había disipado. Me hubiera gustado conocer una pequeña porción de ella y así poder encontrar un motivo para no echarle tanto de menos. Perder una persona llena de luz duele, y más si eres la principal responsable de ello.
—¿Estás lista? —interrumpe mis pensamientos una voz ronca.
Mi abogado.
Asiento y le sigo a través de un amplio pasillo plagado de fornituras doradas y retratos totalmente desconocidos para mi. Me detengo ante uno y leo su placa.

Honorable juez Cahill
1938-1988

Son tumbas espirituales. Así llamo a los retratos de personas fallecidas. Básicamente son herramientas de los vivos para recordar el rostro de un recuerdo, una herramienta para congelar el tiempo. Yo prefiero quedarme con la esencia. Un rostro se difumina con el tiempo, un sentimiento jamás se olvida.
El retrato del señor Wolfrey cuelga en el vestíbulo de la residencia. Yo misma lo dibujé, con la intención de guardarlo para siempre en un cajón, encerrado con mis remordimientos.
—¿Preparada?
Asiento de nuevo. Sé exactamente lo que debo hacer.
El juzgado es amplio, pero no evito las miradas indiscretas que me atraviesan hasta llegar a mi asiento.
—El honorable juez Rodríguez.
Todos se levantan. Me tiemblan las manos y mi alrededor se difumina. ¿Por qué he decidido contarlo todo? Pensándolo bien, es la peor idea que he tenido en toda mi vida. Aunque, si no lo hago, la culpa acabará conmigo.
—Cuando encontré a Adaline mi sed de venganza desapareció y sentí un profundo pesar por esa joven. Su mirada me atravesaba el corazón. Estaba llena de dolor, parte de ese dolor provocado por la culpa. Sólo quería arreglarla.
No se puede arreglar lo que está hecho añicos. Intento buscar el engranaje centrar de mi interior para reconstruirme y no pronunciarlo en voz alta. Pero es demasiado tarde, todos esperan que hable.
Cojo aire, me levanto y miro al juez a los ojos:
—Yo maté al señor Wolfrey.

Capítulo 3

Confesar libera el espíritu. Yo he confesado mi crimen. Wolfrey confesó su amor a Adaline. Todo por sentir que algo mejora en nuestro interior, una sensación de calma que sustituye a la incertidumbre provocada por las palabras guardadas en el cajón de lo que nunca decimos.
Wolfrey solo se encontró con Adaline tres veces en su longeva existencia. Suficientes para convertirla en el amor de su vida, en la espina que se clavó en su corazón hasta triturarlo. A la vez, fue la que despertó sus ganas de contar historias, todas protagonizadas por dos amantes capaces de superar cualquier adversidad. Quizá era su forma de idealizar su amor y no pensar en las circunstancias que los separaron para siempre.
—La primera vez fue en mi cuarto cuando era solo un niño, la segunda cuando la encontré años más tarde para acabar con ella y la tercera… —suspiraba— tuvimos un encuentro fortuito.
—Asumo que no acabaste con ella…
—No pude. Estuvimos charlando durante horas, la mente de esa bella dama era fascinante.
»La encontré en París. Estaba esperándome. Al menos eso pensé cuando apareció en la puerta del Motel en el que me hospedaba. Me descolocó encontrarla de pie en mitad del pasillo con la mirada divertida mientras hacía un gesto para que la invitara a entrar. Lo hice. No podía negarle la entrada a la mujer por la que había viajado hasta allí.
La primera hora fue un duelo de silencio. Nos observamos con cautela reaccionando a cualquier gesto del otro, siempre con elegancia. Ella guardaba un arma bajo su falda, yo un chuchillo en mi chaleco. Ambos conocíamos el escondite del objeto que podría habernos matado, sin embargo, nos limitamos a observar. Cada segundo que pasaba era un paso que queríamos dar hacia el otro. Cuando sientes esa conexión por otra persona no debes ignorarla.
Las sensaciones bailaban, deslizando sus auras con cautela para no colisionar con las del otro. Un encuentro irónico y poético al mismo tiempo.
Nuestras miradas se encontraron por enésima vez y ambos llevamos la mano a nuestras respectivas armas. Casi era palpable el filo de mi cuchillo cortando el aire mientras su gatillo reducía a añicos la música del silencio. A continuación, esquivamos la muerte y nos escondimos detrás del primer mueble a nuestro alcance. Todavía puedo sentir el sonido de la madera al romperse por el impacto de las balas, suerte que decidí ocultarme tras una silla de metal.
—¿Una silla de metal? —interrumpía yo sin poder creerlo.
—Exacto. Era una casa moderna, con las paredes blancas y muebles geométricamente imperfectos —inventaba para seguir con el hilo de su historia—. ¿Por dónde iba? Ah, sí. La silla de metal.
»No era un refugio impenetrable pero aguantaría las cinco balas. Sí —asentía al ver que fruncía en ceño—, su ruleta tenía seis orificios, pero era obvio que no malgastaría las seis. Dejó una para el momento perfecto.
Después se llevaba las manos a la cabeza y apretaba los labios. «Maldita memoria», se quejaba al descubrir lagunas tan profundas que ni su imaginación podía rellenar. Mi cabeza trataba de llenarlas zanjando el conflicto con un beso, no lograba entender completamente su amor, principalmente platónico. Poco después lo entendí, con su primera conversación:
—He de apretar el gatillo —dijo ella con el arma en alto.
—Hazlo, no te detendré.
—¿Puedo saber tu nombre?
—¿No te lo ha dicho tu contratante?
—Eres un simple número. Pero por algún motivo quiero que seas algo más que eso en mi memoria.
—Frederick.
—¿Frederick? —se le escapó media sonrisa.
—¿Te parece divertido?
—No, es solo… —volvió a adoptar su habitual fachada—. Olvídalo.
—Es curioso, hemos venido a matarnos pero ninguno hemos sido capaz de hacerlo todavía, con la infinidad de oportunidades que se nos han ofrecido.
—Es el nombre de mi canario.
Wolfrey sonrió.
—¿Por qué sonríes?
—Porque puede ser la única cosa que sepa de ti antes de morir.

Capítulo 4

Ese día no disparó.
Ni el siguiente.
Ni el siguiente.
Esa bala permaneció intacta durante décadas, hasta la semana pasada. Apretar el gatillo fue un simple gesto, una rutina. Cuando llevas mucho tiempo congelando tu capacidad de empatía resulta fácil acabar con una persona por muy importante que se haya convertido. Me siento feliz de haber conocido a mi padre. El problema es que él no me educó, mi madre me enseñó su profesión y con él la capacidad de congelar tu interior. La diferencia entre nosotras es que yo no siento ninguna conexión con nadie. Puedo sentir admiración, inquietud, incluso pesar, pero nada lo suficientemente fuerte para detener mi arma.
—¿Y vuestro tercer encuentro?
—Fue años más tarde, trataba de terminar su trabajo. Entiendo su frustración, ella era implacable, jamás había fallado ninguna misión.
»Otra vez estaba frente a su revolver, apuntando directamente a mi sien. Se convirtió en algo que formaba parte de ella, algo familiar en nuestros encuentros.
—¿No te sentías… incomodo?
—Lo contrario, estaba extasiado. Tenía la vida y la muerte frente, resumidas en una misma persona.
Debe de ser emocionante tener la templanza para dejar tu vida en manos del amor de tu vida. Sin importar el tiempo que has pasado a su lado, sino los momentos vividos. Nunca conseguiré parecerme a él, tenía demasiada fe.
—Esa noche fue la mejor de mi vida. Todo el mundo se difuminó mientras construíamos nuestro propio universo bajo las sabanas. No volví a verla, tampoco quise a nadie tanto.

—Encontré una nota en el seis de junio, el día del nacimiento de mi hija. Nunca la conoceré.
Una nota. Se enteró de mi existencia después de encontrar los diarios de mi madre. Los cuales retrataban su día a día desde que aprendió a escribir hasta que sus manos no podían sostener una simple pluma. Cuando lamentaba con lágrimas no haberme conocido me invadía el deseo de abrazarle y decir “papá, estoy aquí”, pero prometí a mi madre que acabaría su trabajo y así lo hice.
Entre estos barrotes pasaré más de media vida, recordando todas las maravillosas anécdotas de Adaline y Wolfrey. No sé que partes son ciertas ni cuales pura ciencia ficción pero como decía mi padre: una historia no se caracteriza por su veracidad, sino por la pasión con la que es contada.